Si alguna vez has pedido un «tequila con refresco de toronja» o un «mezcal con jugo de naranja» para que no te raspe la garganta, hoy es el día en que tu paladar se gradúa. En México, estas dos bebidas son mucho más que el combustible de la fiesta; son destilados de culto que guardan la historia de la tierra y el fuego. Aunque ambos nacen del agave, tratarlos como iguales es como decir que un bolillo y una concha son lo mismo solo porque ambos salen del horno. Para empezar a respetarlos, primero hay que entender qué los hace hermanos, pero no gemelos.
La diferencia fundamental radica en el tipo de planta y el proceso de cocción. El tequila es el hijo disciplinado y específico: solo puede nacer del Agave Tequilana Weber Variedad Azul. Sus piñas se cocinan en hornos de vapor industriales o de mampostería, lo que le otorga ese perfil limpio, floral y herbal que todos conocemos. Por el contrario, el mezcal es el alma libre y rebelde. Puede provenir de más de treinta especies de agave, como el espadín, el tobalá o el tepeztate. Su magia ocurre bajo tierra, en hornos de piedra donde las piñas se tuestan con leña, absorbiendo ese carácter ahumado, terroso y complejo que lo vuelve inconfundible.
Para respetar estas bebidas, el primer mandamiento es decir adiós al caballito de un solo trago. Beber tequila o mezcal de «hidalgo» es un desperdicio de complejidad sensorial. El tequila de calidad, especialmente el reposado o añejo, merece una copa tipo flauta o una copa Riedel que permita a los aromas frutales y de madera expandirse. El mezcal, por su parte, se disfruta tradicionalmente en una jícara de fruto de morro o un vaso de veladora de boca ancha. La regla de oro es darle «besitos»: sorbos pequeños que permitan que las papilas gustativas se habitúen gradualmente a la graduación alcohólica, que suele rondar entre los 38% y 55% de volumen de alcohol.
Otro error común es el uso excesivo del limón y la sal para «matar» el sabor. Si un tequila es bueno, no necesita anestesia. En el caso del mezcal, la famosa naranja con sal de gusano es un acompañante, no un borrador de sabor. La idea es dar un trago al mezcal, dejar que pase por toda la lengua y, después, morder la naranja para limpiar el paladar y resaltar las notas dulces del agave. Mezclarlos con refrescos azucarados solo enmascara el trabajo de años que tardó la planta en crecer y el esfuerzo del maestro tabernero o tequilero al destilar.
Finalmente, la etiqueta es clave. Busca siempre botellas que digan 100% de Agave. Si no lo especifica, estás bebiendo un «mixto» que contiene azúcares de caña o maíz, responsables directos de esa resaca demoledora al día siguiente. El tequila y el mezcal artesanales son productos vivos que cuentan una historia sobre el clima, el suelo y el agua de la región donde fueron creados. Respetarlos significa entender que no estás bebiendo solo alcohol, sino la esencia destilada de una planta que tardó de siete a treinta años en madurar bajo el sol mexicano.
















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