Por Bruno Cortés
El coordinador del PAN en la Cámara de Diputados, Elías Lixa Abimerhi, puso una pausa estratégica a uno de los temas más sensibles del momento: la reforma electoral. Su mensaje, dicho en lenguaje llano, fue que no se puede opinar de algo que todavía no existe. Hasta ahora —asegura— no hay una propuesta formal sobre la mesa, solo versiones sueltas desde el oficialismo que ni siquiera se ponen de acuerdo entre sí. Antes de pedir aplausos o rechazos, dijo, primero que se sienten, se ordenen y presenten un texto claro; después, el Congreso hará su trabajo.
Lixa explicó que el PAN no está cruzado de brazos. De hecho, sostiene que su bancada es la única que ha puesto propuestas concretas y que no piensa dejar de insistir en lo que sí le pega a la gente en la vida real. Para él, una reforma electoral no debe servir para que el gobierno acumule más poder, sino para que los ciudadanos tengan elecciones más limpias y derechos más fuertes. Y ahí enumeró tres problemas que, traducidos a términos sencillos, suenan así: primero, el crimen organizado ya no solo intimida, también decide. Hay regiones donde su influencia llega hasta las campañas y las urnas. Segundo, el dinero ilegal entra a la política. Si miles de millones se pierden en esquemas como el huachicol fiscal, resulta ingenuo pensar que ni un peso termina financiando campañas. Tercero, existe un truco legal llamado “sobrerrepresentación” que permite que con menos votos se obtenga más poder, y eso —dice— ha servido para desmontar contrapesos.
El diputado fue directo: si la reforma electoral incluye estos tres puntos, el PAN la acompaña. Si no, habrá que analizar cada cosa con lupa. Lo que no acepta es discutir “mitos” o rumores. Las reglas del juego democrático, recordó, no se cambian a empujones ni con amenazas de “aplanadora”, porque cuando una reforma nace para aplastar al adversario, no busca justicia, busca control.
En ese contexto, Lixa rechazó engancharse con declaraciones estridentes, como las de Pablo Gómez, y defendió que las reformas se procesen con seriedad en el Congreso de la Unión, no a base de frases para el encabezado. Para él, el corazón del debate debe ser el derecho de la ciudadanía y la defensa de instituciones autónomas como el Instituto Nacional Electoral, porque sin árbitros confiables el voto pierde valor y la democracia se encarece, no en dinero, sino en libertades.
Sobre la revocación de mandato, Lixa bajó la discusión a tierra. Tal como está diseñada hoy, explicó, revocar a un presidente no cambia realmente al gobierno, porque al final sería el Congreso quien nombre al sustituto. Dicho sin rodeos: el pueblo quita, pero no pone. Para que tenga sentido democrático, propone que una revocación lleve a nuevas elecciones y que ese ejercicio se haga de manera pareja, incluyendo a gobernadores y en un mismo momento electoral. De lo contrario, advirtió, el remedio puede salir más caro que la enfermedad.
Finalmente, al hablar del accidente del Tren Interoceánico, marcó una línea clara: no mezclar tragedias humanas con procesos electorales. Ahí, dijo, lo que corresponde es investigar a fondo, sancionar a los responsables y llegar hasta las últimas consecuencias, porque cuando hay negligencia o corrupción, el Estado tiene la obligación de responder.
El mensaje de Lixa, explicado sin tecnicismos, es simple: las elecciones son la base de todo. Si se cambian las reglas, debe ser para proteger el voto y ampliar derechos, no para concentrar poder. Porque cuando se pierde el equilibrio democrático, lo que está en juego no es un partido, sino la voz de la gente.
















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