Por Bruno Cortés
El ascenso real no es suerte, es colmillo: domina el juego del poder con estrategia fría y alianzas precisas.
En los corredores de las grandes corporaciones de Santa Fe o en los pasillos gubernamentales del Centro Histórico, prevalece una verdad que pocos admiten en voz alta: creer que la pura «talacha» y el mérito garantizan el éxito es una novatada. El análisis de las dinámicas modernas del poder revela que el verdadero ascenso no se otorga a quien más suda la camiseta, sino a quien posee la inteligencia social para leer las letras chiquitas del contrato social. No se trata de echarle ganas, sino de entender que el poder es una arquitectura que se construye con la precisión de un relojero y la frialdad de un ajedrecista.
Para navegar este ecosistema sin ser devorado, la primera regla es desarrollar una «curiosidad fría». Antes de aventarse al ruedo, el estratega debe «medirle el agua a los camotes»: analizar quién ostenta el control real y qué miedos o intereses mueven los hilos detrás del telón. A menudo, el acceso directo a la cabeza es un error de principiante; la jugada maestra suele estar en los bordes, con los secretarios, asesores y esos personajes discretos que, aunque no salen en la foto, tienen la llave de la puerta trasera. Entrar por ahí, con perfil bajo y sin hacer ruido, permite volverse indispensable antes de ser detectado como una amenaza.
En este juego de espejos, proyectar necesidad es el equivalente a sangrar en un estanque de tiburones. La dependencia huele a servidumbre y genera rechazo inmediato en las altas esferas. La táctica correcta es «no mostrar el hambre»; hay que cambiarse el chip de pedir favores a ofrecer soluciones. Quien se presenta con la seguridad de quien trae algo a la mesa, y no de quien viene a ver qué se lleva, transforma la dinámica de subordinado a aliado potencial. En la «grilla» profesional, te tratan como te vendes, y la autonomía es la moneda más valiosa.
El manejo de los tiempos, o el timing, es lo que separa a los profesionales de los improvisados. Actuar por ansiedad es «darse un tiro en el pie». El verdadero operador sabe aguantar vara y esperar el momento exacto: ya sea cuando el líder busca expandirse, cuando entra en crisis o cuando necesita estabilidad. Aparecer justo cuando se abre el hueco, con la solución en la mano, elimina la sospecha de oportunismo y te posiciona como un salvavidas natural. No se trata de llegar primero, sino de saber llegar cuando la fiesta realmente empieza.
Quizás la maniobra más delicada es la gestión del ego ajeno. En un entorno donde todos quieren ser el «ajonjolí de todos los moles», la clave es iluminar al jefe sin eclipsarlo. Hay que tener el tacto para validar su visión y hacer que sus ideas brillen, generando una deuda emocional silenciosa. Si uno intenta brillar más que el sol, termina quemado; el truco es ser el espejo que magnifica la grandeza del otro, asegurando así un lugar en su círculo de confianza sin despertar al monstruo de la inseguridad.
El silencio, en una ciudad donde todos gritan para ser escuchados, es una herramienta de control brutal. «Calladito te ves más bonito» no es solo un dicho, es una táctica de recolección de inteligencia. Mientras los demás se desbocan tratando de impresionar, el estratega guarda silencio, obligando al resto a llenar el vacío con información valiosa. Mantener la boca cerrada y los ojos abiertos permite descifrar las intenciones reales de la mesa y evita entregar armas que luego puedan ser usadas en contra propia.
Finalmente, el error fatal es poner «todos los huevos en la misma canasta» apostándole a un solo protector. Si ese padrino cae, uno se va al hoyo con él. La inteligencia social dicta tejer una red diversificada de alianzas basadas en la utilidad mutua y no en la simple simpatía. El poder real y sostenible no se basa en la fuerza bruta, sino en la capacidad de moverse con elegancia entre las alianzas, operando desde una discreción que pesa más que cualquier discurso mareador.















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