Los Demonios del Poder
Por: Carlos Lara Moreno
?Todo por Cuba?
Hay decisiones de Estado que, cuando se analizan con frialdad, revelan más convicción ideológica que responsabilidad gubernamental. La insistencia de Claudia Sheinbaum Pardo en mantener los envíos de petróleo a Cuba bajo el argumento de “razones humanitarias” pertenece a esa categoría peligrosa donde la moral declarativa pretende imponerse sobre el interés nacional.
México ha avanzado, no sin tropiezos, en recomponer una relación compleja con Estados Unidos. El entendimiento con Donald Trump —incómodo para muchos, pero necesario— ha permitido estabilidad comercial, cooperación en seguridad y una tregua en un entorno internacional cada vez más volátil. En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿vale la pena arriesgar lo construido por una causa que no es humanitaria, sino ideológica?
Porque conviene decirlo con claridad: el petróleo no llega a los hogares cubanos, no se traduce en libertades ni en bienestar directo para la población. Llega al Estado. A un régimen que, desde la llegada de Fidel Castro, ha demostrado una capacidad extraordinaria para perpetuarse en el poder mientras empobrece sistemáticamente a su gente. Defenderlo, incluso de manera indirecta, no es solidaridad; es complicidad política.
Los defensores de estos envíos suelen refugiarse en una retórica moral que evita el análisis de consecuencias. Pero la política exterior no se ejerce con consignas, sino con cálculos. Cada barril enviado a Cuba es un mensaje que México manda al mundo: que está dispuesto a priorizar afinidades ideológicas sobre compromisos estratégicos. En la diplomacia, los mensajes importan tanto como los actos.
El riesgo no es menor. Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de México, su principal fuente de inversión y un actor determinante en temas migratorios y de seguridad. Tensar esa relación por sostener a un régimen que ni siquiera muestra intención de reformarse parece, como mínimo, una apuesta imprudente. Como máximo, una señal de que el dogma sigue pesando más que el interés nacional.
Hay además una contradicción de fondo que no se quiere discutir. Si el argumento es humanitario, ¿por qué no exigir condiciones claras? ¿Por qué no vincular la ayuda a mejoras verificables en derechos humanos, apertura política o alivio real a la población? La respuesta es incómoda: porque el objetivo no es presionar al régimen, sino protegerlo. Y eso deja al descubierto la naturaleza real de la decisión.
Los Demonios del Poder actúan así: convencen a los gobernantes de que su causa es justa por definición, y que cualquier crítica es traición o sumisión al “imperio”. Bajo esa lógica, los costos se minimizan, los riesgos se niegan y las advertencias se descalifican. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde esa ceguera ideológica terminó pagando el país, no el gobernante.
México no tiene por qué convertirse en sostén energético de una dictadura para demostrar independencia o liderazgo regional. La verdadera soberanía se ejerce defendiendo los intereses propios, no cargando con las fallas ajenas. Y la verdadera ayuda humanitaria se mide por sus resultados, no por sus intenciones declaradas.
Claudia Sheinbaum enfrenta una decisión que marcará su perfil como jefa de Estado: gobernar con pragmatismo o con nostalgia ideológica. En un mundo fragmentado, donde cada movimiento tiene consecuencias económicas y diplomáticas, el margen para gestos simbólicos es cada vez menor. Persistir en esta ruta no es un acto de valentía moral, sino un riesgo calculado… que no lo asume quien gobierna, sino todo un país.
Los Demonios del Poder siempre prometen coherencia ideológica. Pero casi nunca se hacen responsables de la factura. Y esa, tarde o temprano, termina llegando.















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