Por Bruno Cortés
La Comisión de Vigilancia en San Lázaro, bajo la batuta del diputado Javier Herrera Borunda, ha concluido la pasarela de los 77 aspirantes a presidir la Auditoría Superior de la Federación (ASF) para el periodo 2026-2034. Tras el desfile de currículums, ha emergido una decena de perfiles «mejor calificados», destacando nombres como Natalia Téllez, Edwin Meraz, Miroslava Carrillo y, por supuesto, el actual titular en busca de reelección, David Colmenares. De este decálogo saldrá la terna este martes, perfilando la votación definitiva en el pleno para el miércoles.
Sin embargo, la nota no la dio la brillantez técnica de las propuestas, sino el descaro retórico. Cuestionado por la caída abismal en la recuperación de recursos durante su gestión, Colmenares no titubeó en emular la narrativa presidencial del sexenio pasado, justificando que él aplica «carpetazos, no balazos«. Una admisión franca y brutal de que, en la actual administración del Estado, la rendición de cuentas es un estorbo que se archiva, no un mandato que se ejerce.
No pequemos de ingenuos; la política mexicana no es de velocidad, es de resistencia y complicidades de largo aliento. La pretensión de Colmenares de atornillarse otros ocho años en la silla no nace de un récord inmaculado en el combate a la opacidad, sino de su extrema utilidad para el sistema. Que las recuperaciones de dinero público hayan caído más de un 80% frente a gestiones previas no es un fallo a los ojos del poder en turno, sino una característica altamente exitosa. Ha sido el auditor dócil que la cúpula necesitaba para que la maquinaria no se detuviera.
Basta observar al resto de los finalistas para entender que la Comisión no busca un sabueso independiente, sino un escudo protector. La presencia de figuras como Miroslava Carrillo, con profundas raíces en el grupo político del Estado de México, o de Edwin Meraz, actual auditor capitalino con el sello inconfundible del oficialismo, confirma que las entrevistas fueron mero teatro democrático. La verdadera decisión ya se negoció en los despachos donde la lealtad incondicional pesa muchísimo más que las certificaciones técnicas.
La frase «carpetazos, no balazos» es, en el fondo, una obra maestra del humor negro burocrático. Con esa analogía, el auditor envía un mensaje cifrado pero contundente a la mayoría legislativa: «Si fui capaz de blindar el gasto de los megaproyectos y mirar hacia otro lado en el pasado, puedo garantizarles la misma tranquilidad hasta el 2034». En el tablero de ajedrez tridimensional del poder, Colmenares está cambiando su ceguera voluntaria por un boleto dorado a la permanencia.
Pero este circo de encubrimiento doméstico tiene secuelas reales más allá del Río Bravo. Mientras México intenta capitalizar el impulso del nearshoring y se prepara para la inminente revisión del T-MEC en 2026, los inversionistas internacionales y las calificadoras de riesgo toman nota. Un país donde el Auditor Superior se enorgullece de archivar expedientes en lugar de recuperar miles de millones de pesos desviados, es un país que emite una alerta roja en materia de certidumbre institucional y Estado de derecho.
El capital global detesta la volatilidad, pero aborrece aún más la corrupción sistémica institucionalizada. Si la ASF se consolida formalmente como un apéndice de la Secretaría de Función Pública o del partido en el poder, en lugar de un ente técnico y autónomo, el riesgo soberano eventualmente lo cobrará en primas más altas. Le estamos gritando al mundo que nuestro gasto público—desde la infraestructura hasta los programas sociales—es una caja negra sin mecanismos de control efectivos.
¿Qué podemos esperar para mañana miércoles en el pleno de San Lázaro? La aplanadora legislativa empujará a su ungido desde la terna, sea la reelección del complaciente Colmenares o la entronización de un perfil igualmente orgánico como Meraz o Téllez. No habrá rebeliones de conciencia; la línea está dictada desde arriba. La única incógnita es si el cinismo mediático del «carpetazo» obligará a los operadores políticos a un ajuste de última hora para evitar el desgaste innecesario de premiar a quien confesó su inoperancia.
La Auditoría Superior de la Federación fue concebida en la Constitución como el gran contrapeso, el ojo ciudadano que vigila celosamente la chequera del soberano. Hoy, estamos a unas horas de atestiguar la consumación de su captura por la próxima década. El sistema se está blindando y el contribuyente pagará, como siempre, la factura de lo «perdido». Prepárense, señores, porque si se consuma este movimiento en el tablero, la verdadera era del desfalco documentado y archivado apenas comienza.












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