Por Bruno Cortés
En México, el consumo de alcohol no es solo un hábito social, también es un problema de salud pública que pesa cada vez más. La senadora Alejandra Barrales Magdaleno puso el tema sobre la mesa con datos que no son menores: esta sustancia es el quinto factor de riesgo de muerte en el país y está vinculada con alrededor de 39 mil fallecimientos al año, es decir, cerca del seis por ciento de todas las defunciones.
Con ese contexto, la legisladora impulsa una propuesta que busca cambiar la forma en que los mexicanos ven el alcohol. La idea es que las bebidas incluyan advertencias claras en sus etiquetas sobre los daños a la salud, especialmente su relación directa con al menos siete tipos de cáncer, entre ellos mama, hígado, colon, esófago, boca y garganta. No solo se trataría de texto, sino también de pictogramas que hagan más fácil entender el riesgo, algo similar a lo que ya ocurre con el tabaco.
Hoy en día, las botellas apenas incluyen la frase “el abuso en el consumo de este producto es nocivo para la salud”, pero, en palabras de Barrales, esa advertencia se queda corta. No explica realmente qué significa ese riesgo ni ayuda a dimensionar las consecuencias del consumo cotidiano o excesivo.
Detrás de la propuesta hay un objetivo claro: reducir el consumo. Y ahí es donde entra la parte política más compleja. La senadora reconoce que no será fácil, porque implica enfrentar a grandes empresas, muchas de ellas transnacionales, que podrían verse afectadas si baja la demanda.
Especialistas que participaron en el foro legislativo respaldan la idea. Desde la Organización Panamericana de la Salud se señaló que las advertencias sanitarias sí funcionan, sobre todo cuando se combinan con otras medidas como impuestos más altos, regulación de la publicidad y control en la disponibilidad del alcohol.
El diagnóstico es claro: el consumo de esta sustancia está ampliamente extendido. Datos del Instituto Nacional de Salud Pública indican que millones de adolescentes ya han iniciado su consumo, mientras que en adultos la cifra alcanza decenas de millones. Además, el alcohol está relacionado con más de 200 enfermedades y múltiples problemas sociales, desde accidentes hasta violencia.
Otro punto preocupante es que, aunque una gran parte de la población consume alcohol, muy pocos buscan tratamiento cuando el consumo se vuelve problemático. A esto se suma el estigma, especialmente en el caso de las mujeres.
La propuesta de etiquetado busca algo más que informar: pretende generar conciencia. Siguiendo el camino de políticas públicas aplicadas al tabaco y alimentos ultraprocesados, el objetivo es que las personas tomen decisiones más informadas sobre lo que consumen.
En el fondo, la discusión abre un debate más amplio: hasta qué punto el Estado debe intervenir para regular productos que forman parte de la vida cotidiana, pero que tienen un impacto directo en la salud pública. Lo que está claro es que, con cifras como las actuales, el tema difícilmente se quedará fuera de la agenda legislativa.
















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