Cada año, puntualmente al final de febrero, la Ciudad de México vive una metamorfosis visual que parece sacada de un sueño. Las copas de los árboles se tiñen de un violeta vibrante, las banquetas se cubren de alfombras naturales y el asfalto gris parece rendirse ante la explosión de color. Pero, aunque las jacarandas son hoy un símbolo de identidad chilanga, estos árboles no siempre estuvieron aquí; su llegada es el resultado de una curiosa mezcla de diplomacia, un jardinero japonés visionario y un plan que salió mejor de lo esperado.
La historia comienza a principios del siglo XX con Tatsugoro Matsumoto, un maestro jardinero japonés que llegó a México después de haber trabajado en los jardines imperiales de Japón. Matsumoto se enamoró del país y pronto se convirtió en el favorito de la élite de la época, incluyendo al presidente Porfirio Díaz. Su talento era tal que, años después, tras la Revolución, el presidente Álvaro Obregón le pidió consejo para embellecer las avenidas principales de la capital con un toque exótico y elegante.
En aquel entonces, la idea original era plantar cerezos japoneses, conocidos como sakura, de manera similar a como se había hecho en Washington D.C. como regalo de Japón a Estados Unidos. Sin embargo, Matsumoto realizó un análisis climático brillante y advirtió que el clima de la Ciudad de México no era apto para los cerezos. Los árboles japoneses necesitan un cambio de temperatura muy marcado entre el invierno y la primavera para florecer adecuadamente, algo que en el «eterno clima templado» de la capital mexicana simplemente no sucede.
En su lugar, Matsumoto propuso la Jacaranda mimosifolia, una especie originaria de Sudamérica, principalmente de Brasil y Argentina. Sabía que esta especie se adaptaría perfectamente a la altitud y al régimen de lluvias de la ciudad, y que su floración sería espectacular justo antes de la llegada de la temporada de agua. Su apuesta fue un éxito total: las jacarandas no solo sobrevivieron, sino que prosperaron con una fuerza que cubrió colonias enteras como la Condesa, la Roma y el Paseo de la Reforma.
El fenómeno de la jacaranda en marzo tiene una explicación biológica fascinante. El árbol pierde sus hojas verdes justo antes de la primavera para concentrar toda su energía en la floración. Este contraste permite que veamos únicamente las flores moradas, creando ese efecto de nube de color que inunda la vista. Además, la forma de campana de la flor está diseñada para atraer a polinizadores locales, integrándose al ecosistema de la ciudad como si siempre hubiera pertenecido a él.
Hoy en día, las jacarandas son mucho más que un adorno; son el termómetro visual que nos avisa que el invierno ha terminado y que el calor de la primavera está por comenzar. Aunque no son nativas de México, su capacidad para resistir la contaminación y crecer en el suelo difícil de la capital las ha convertido en las huéspedes más queridas de la ciudad. Matsumoto no solo trajo un árbol, sino que le regaló a la CDMX una de sus tradiciones estéticas más profundas y esperadas del calendario.















Deja una respuesta