Durante siglos, el sonido rítmico del metate marcó las mañanas en los hogares de Mesoamérica. Antes del café, antes del pan, antes incluso del concepto de “desayuno”, la tortilla ya estaba ahí: caliente, flexible, recién hecha. No era solo alimento, era tecnología doméstica, herencia cultural y sustento diario. Aunque hoy el paisaje ha cambiado y las máquinas ocupan el lugar de la piedra volcánica, la tortilla casera no ha desaparecido. Se ha adaptado.
La historia comienza con el metate, esa herramienta ancestral tallada en piedra que permitió moler el maíz nixtamalizado hasta convertirlo en masa. Era un proceso físico, lento y profundamente conectado con el cuerpo: brazos cansados, manos expertas, ritmo aprendido desde la infancia. Cada familia tenía su técnica y cada tortilla llevaba la huella de quien la hacía. El metate no solo transformaba el grano; convertía el maíz en alimento y el trabajo en tradición.
Con la urbanización y la vida moderna llegó el molino comunitario. A mediados del siglo XX, estos espacios se volvieron el punto intermedio entre la tradición y la eficiencia. Las familias ya no molían en casa, pero seguían llevando su propio nixtamal. El sonido metálico del molino sustituyó al roce de la piedra, y la masa salía más rápido, más homogénea, lista para convertirse en tortillas hechas a mano en el comal. El molino no rompió la tradición: la alivió.
Hoy, la escena es aún más diversa. En muchas casas, la masa se compra ya hecha; en otras, el nixtamal se muele en molinos eléctricos de barrio que siguen siendo puntos de encuentro. También están quienes usan procesadores, licuadoras potentes o molinos eléctricos domésticos. La tecnología cambió, pero el objetivo sigue siendo el mismo: una tortilla viva, flexible, con aroma a maíz real.
La supervivencia de la tortilla casera no es casual. Frente a las tortillas industriales —más baratas, más duraderas, pero también más rígidas y con menor valor nutricional— la tortilla hecha en casa conserva algo esencial: nixtamalización real, sabor profundo y una textura que envuelve los alimentos en lugar de romperse. Además, en tiempos donde se habla de comer mejor y volver a lo básico, la tortilla casera se ha convertido en un pequeño acto de resistencia cotidiana.
Hacer tortillas en casa hoy no requiere un metate ni horas de trabajo, pero sí algunas decisiones clave. La primera es elegir buena masa. Si se compra hecha, debe oler a maíz fresco, no a fermentado, y sentirse húmeda y maleable. Si se hace desde harina nixtamalizada, conviene hidratarla poco a poco y dejarla reposar unos minutos para que el agua se integre bien.
El comal sigue siendo protagonista. Debe estar bien caliente, sin grasa, para que la tortilla se cueza y se infle. Ese inflado no es solo un espectáculo: indica que la masa está bien hidratada y cocida. Voltear una o dos veces es suficiente; demasiado manejo la endurece. Y algo fundamental que muchas cocinas modernas olvidan: mantenerlas envueltas en un trapo limpio para que conserven su vapor y flexibilidad.
Para quienes quieren dar un paso más, existen molinos eléctricos pequeños que permiten moler nixtamal en casa sin el esfuerzo del metate. No reemplazan la carga simbólica de la piedra ancestral, pero sí mantienen vivo el proceso completo: desde el grano hasta la tortilla. Incluso usar una prensa metálica o de madera, lejos de despojar a la tortilla de su esencia, permite que más personas sigan haciéndolas en casa en medio de rutinas aceleradas.
La tortilla casera ha sobrevivido porque no es solo una receta, sino una adaptación constante. Pasó del metate al molino, del fogón al comal de gas, del patio a la cocina urbana. Sigue ahí porque responde a una necesidad profunda: comer algo que conecta el pasado con el presente, lo cotidiano con lo ancestral.
Cada vez que una tortilla se infla sobre el comal, aunque haya sido hecha con ayuda de una máquina moderna, se repite un gesto milenario. Cambian las herramientas, pero no el corazón del proceso. Y mientras haya maíz, fuego y manos dispuestas a formar un círculo imperfecto, la tortilla casera seguirá viva.
















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