Por Juan Pablo Ojeda
La detención de Nicolás Maduro, confirmada por el presidente estadounidense Donald Trump, colocó a Venezuela en una situación inédita: un país gobernado durante más de dos décadas por el chavismo quedó, de un momento a otro, sin su figura central. Lo que siguió no fue claridad institucional, sino desconcierto. En Caracas, las explosiones, la presencia militar y el silencio parcial del poder dejaron al descubierto que la sucesión constitucional choca de frente con la realidad política.
En el papel, la Constitución venezolana establece una ruta clara. Ante la “falta absoluta” del presidente, la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, debe asumir el mando. Horas después del operativo estadounidense, Rodríguez apareció en medios oficiales para afirmar que el gobierno desconoce el paradero de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, y exigir pruebas de vida. Su mensaje buscó proyectar control, aunque el contexto reflejaba fragilidad.
Delcy Rodríguez no es una figura decorativa. Además de vicepresidenta, es ministra de Hidrocarburos y una de las principales negociadoras del régimen con actores internacionales. Su peso político se refuerza por un dato clave: su hermano, Jorge Rodríguez, preside la Asamblea Nacional. Si por cualquier razón Delcy no pudiera asumir, la propia Constitución coloca a Jorge como siguiente en la línea de sucesión. Así, dos hermanos concentran el mando de las instituciones civiles más relevantes del Estado. Sin embargo, ambos están sancionados por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea, lo que complica cualquier intento de reconocimiento externo.
Pero en Venezuela, la legalidad no siempre define el poder. El control real pasa por las armas y los aparatos de seguridad. Ahí aparece Diosdado Cabello, considerado desde hace años el número dos del chavismo. Militar retirado y hoy ministro del Interior, Cabello controla la inteligencia, la policía, las cárceles y los cuerpos especiales. Su influencia es tal que, tras el ataque, apareció en las calles de Caracas con casco y chaleco antibalas, llamando a la calma mientras dejaba claro que las fuerzas estaban desplegadas. Estados Unidos ofrece una recompensa millonaria por su captura, acusándolo de liderar redes de narcotráfico, pero dentro del régimen sigue siendo un actor indispensable para mantener cohesionadas a las bases más duras.
El otro nombre clave es el del general Vladimir Padrino López, ministro de Defensa desde 2014 y jefe absoluto de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Su lealtad fue decisiva para que Maduro sobreviviera a protestas, sanciones y crisis políticas durante más de una década. Tras los ataques, fue el único alto funcionario que habló desde una instalación militar, denunciando una “invasión” y ordenando el despliegue total de las capacidades defensivas. También él enfrenta acusaciones graves por parte de la justicia estadounidense, pero su respaldo sigue siendo crucial para cualquier intento de continuidad del sistema.
A este bloque se suma el fiscal general Tarek William Saab, quien controla el aparato judicial y ha sido el ejecutor legal de la persecución contra la oposición. Recién ratificado para un nuevo periodo y sancionado por varios países, Saab representa el engranaje que permite criminalizar disidencias y sostener jurídicamente al régimen en un momento de extrema debilidad.
Con Maduro fuera de escena, Venezuela entra en territorio desconocido. La cúpula chavista enfrenta una disyuntiva crítica: mantenerse unida para preservar el poder o fragmentarse en una lucha interna que podría acelerar el colapso del sistema. El gobierno declaró un “estado de conmoción exterior”, amplió las facultades militares y llamó a movilizaciones contra lo que denomina una agresión imperialista. En algunas zonas hubo respuesta; en otras, el silencio dominó las calles.
Con infraestructura dañada, cortes de electricidad y una capital bajo vigilancia, la gran pregunta es si un régimen diseñado para girar en torno a un solo hombre puede sobrevivir sin él. Mientras Washington habla de un “nuevo amanecer”, en Venezuela el futuro inmediato se escribe entre la incertidumbre, la presión militar y una sucesión que, por primera vez en años, no está garantizada.















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