Aunque solemos darla por hecho, la respiración tiene dos rutas principales: la nasal y la bucal. Ambas permiten la entrada de oxígeno, pero no producen los mismos efectos. Respirar de forma habitual por la boca —cuando no hay congestión que lo justifique— puede alterar la energía, la postura corporal e incluso la capacidad de concentración, muchas veces sin que seamos conscientes de ello.
La nariz: un sistema diseñado para respirar
La nariz no es solo un conducto. Filtra partículas, humedece y calienta el aire antes de que llegue a los pulmones. Además, al respirar por la nariz se libera óxido nítrico, una molécula que mejora la oxigenación de los tejidos y favorece la circulación.
Este proceso hace que la respiración nasal sea más eficiente. El aire entra de forma más lenta y profunda, lo que estimula el sistema nervioso parasimpático, asociado con la calma, la recuperación y la claridad mental.
La boca: una vía de emergencia que se vuelve hábito
La respiración bucal está pensada para momentos puntuales, como el ejercicio intenso o la congestión nasal. El problema surge cuando se convierte en el patrón habitual. Al entrar el aire sin filtrar ni regularse, la respiración suele ser más superficial y rápida.
Este tipo de respiración activa con mayor frecuencia el sistema nervioso simpático, el modo “alerta” del cuerpo. A largo plazo, puede contribuir a una sensación constante de fatiga, nerviosismo y dificultad para relajarse.
Energía: oxígeno no siempre es igual a vitalidad
Aunque parezca contradictorio, respirar por la boca no garantiza una mejor oxigenación. La respiración nasal favorece un equilibrio más eficiente entre oxígeno y dióxido de carbono, necesario para que el oxígeno llegue realmente a las células.
Cuando respiramos por la boca de forma crónica, el cuerpo puede entrar en un estado de hiperventilación leve, que reduce la tolerancia al CO₂ y provoca cansancio, bostezos frecuentes y sensación de “falta de aire”, incluso estando en reposo.
Postura: la respiración también moldea el cuerpo
La respiración bucal suele ir acompañada de una postura adelantada de la cabeza, hombros encorvados y tensión en cuello y mandíbula. Esto ocurre porque el cuerpo busca abrir la vía aérea, adaptándose al patrón respiratorio.
En cambio, la respiración nasal favorece una activación más equilibrada del diafragma, lo que contribuye a una postura más estable, con mejor alineación de columna y menor carga en la zona cervical.
Concentración y claridad mental
Respirar por la nariz ayuda a regular el ritmo respiratorio y la actividad cerebral. Estudios han mostrado que la respiración nasal está vinculada con una mejor atención sostenida y procesamiento cognitivo, en parte por su efecto calmante sobre el sistema nervioso.
La respiración bucal, al mantener al cuerpo en un estado de alerta constante, puede generar dispersión, dificultad para enfocarse y una sensación de “mente acelerada”, especialmente en tareas que requieren atención prolongada.
¿Por qué respiramos por la boca sin darnos cuenta?
Estrés crónico, uso excesivo de pantallas, mala postura, congestión nasal frecuente, alergias y hábitos adquiridos desde la infancia pueden favorecer la respiración bucal. Muchas personas no son conscientes de cómo respiran hasta que alguien se los señala o aparecen molestias persistentes.
Volver a la respiración nasal
Recuperar la respiración nasal no implica un esfuerzo constante, sino conciencia y práctica. Observar cómo respiras en reposo, mantener una postura más erguida y cuidar la salud nasal son primeros pasos. En algunos casos, ejercicios de respiración o acompañamiento profesional pueden ayudar a reeducar el patrón.
Respirar mejor no significa respirar más, sino hacerlo de forma más eficiente. La nariz está ahí por una razón, y aprender a usarla puede traducirse en más energía real, una postura más cómoda y una mente más enfocada.















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