Cuando se habla de Pueblos Mágicos en México, casi siempre aparecen los mismos nombres: calles abarrotadas, filas para tomarse la foto obligada y restaurantes con lista de espera. Sin embargo, existe otra categoría no oficial, pero cada vez más deseada por los viajeros atentos: los Pueblos Mágicos “B”. No son de segunda, sino de baja exposición mediática. Lugares con historia profunda, paisajes contundentes y una vida cotidiana que todavía no gira en torno al turista. Viajar a ellos es una forma de recuperar la sensación de descubrimiento.
Estos pueblos no prometen espectáculos diseñados para Instagram, sino algo más difícil de encontrar: silencio, conversación local y tiempo lento. Aquí, dos ejemplos emblemáticos —y una invitación a buscarlos más allá del mapa turístico habitual—.
Jalpan de Serra: la Sierra Gorda que aún respira a su ritmo
Ubicado en el corazón de la Sierra Gorda queretana, Jalpan de Serra suele ser una parada breve para quienes recorren las misiones franciscanas, pero merece mucho más que una visita de paso. El pueblo se siente contenido por la montaña: verde intenso durante la temporada de lluvias, áspero y luminoso en los meses secos. Su centro es tranquilo, funcional, sin escenografías forzadas, y eso es parte de su atractivo.
La Misión de Santiago, Patrimonio Mundial, no se impone: convive con la vida diaria, con niños saliendo de la escuela y señoras que conversan en la plaza. Desde aquí se accede a algunos de los ecosistemas mejor conservados del centro del país, con ríos, cascadas y senderos donde el turismo aún es más de mochila que de tour organizado. Jalpan es ideal para quienes buscan naturaleza sin parques temáticos y cultura sin vitrinas.
Batopilas: el fondo de la Barranca y el vértigo del aislamiento
Llegar a Batopilas, en Chihuahua, sigue siendo parte esencial de la experiencia. El descenso hacia este antiguo pueblo minero, encajonado en las profundidades de la Barranca del Cobre, funciona como una transición mental: se pierde señal, se pierde prisa, se pierde la noción de lo urgente. Lo que queda es el paisaje abrumador y un pueblo que parece suspendido en el tiempo.
Durante el auge de la plata, Batopilas fue uno de los asentamientos más ricos del norte de México. Hoy conserva casonas semiderruidas, un río que atraviesa el valle y una atmósfera que mezcla grandeza pasada con una vida actual modesta y auténtica. No hay multitudes ni itinerarios rígidos. Se camina, se observa, se escucha. Batopilas no se consume: se habita por unos días.
Por qué elegir un Pueblo Mágico “B”
Más allá de los nombres concretos, estos pueblos comparten una cualidad cada vez más escasa: no han sido diseñados para el visitante. Eso implica servicios más sencillos, pero también relaciones más honestas. Comer donde comen los locales, preguntar direcciones sin intermediarios, entender el ritmo real del lugar. Son destinos que piden más curiosidad que checklist.
Elegir un Pueblo Mágico “B” también es una forma de turismo más equilibrado. Distribuye la derrama económica, reduce la presión sobre destinos saturados y permite que el viaje sea menos una foto y más una experiencia. No se trata de huir de lo popular por principio, sino de recordar que México sigue teniendo muchos territorios que no gritan para ser vistos.
Viajar casi a solas
En un momento en que viajar parece sinónimo de compartirlo todo, estos pueblos ofrecen algo radical: la posibilidad de estar casi a solas con el lugar. De sentarse en una plaza sin agenda, de escuchar historias sin prisa, de mirar un paisaje sin competencia visual. Los Pueblos Mágicos “B” no prometen fama, pero sí memoria. Y a veces, eso es exactamente lo que buscamos cuando decidimos salir de casa.















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