Por Bruno Cortés
En una maniobra que tomó por sorpresa al hemisferio en plena madrugada, el gobierno de los Estados Unidos ejecutó con éxito la «Operación Absolute Resolve», culminando con la extracción del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, del Palacio de Miraflores. El presidente Donald Trump confirmó la acción desde Mar-a-Lago, detallando que un despliegue masivo de fuerza aérea y terrestre, inédito desde la Segunda Guerra Mundial, logró neutralizar el círculo de seguridad del mandatario en cuestión de minutos, sin registrar bajas estadounidenses.
El operativo, descrito por el general Raisen Kaine como una sincronización de «relojería», involucró a más de 150 aeronaves, incluyendo cazas F-22, bombarderos B1 y helicópteros del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales. A las 2:01 a.m., hora de Caracas, las fuerzas especiales descendieron sobre el complejo presidencial. Según los reportes militares, aunque hubo resistencia armada, la superioridad táctica estadounidense desmanteló las defensas venezolanas. Maduro intentó refugiarse en un búnker de acero reforzado, pero fue interceptado antes de poder sellar la entrada blindada.
Ya bajo custodia federal, Maduro y Flores fueron trasladados a un buque de la Armada estadounidense en aguas internacionales, con rumbo eventual a los tribunales de Nueva York. Las acusaciones formales, presentadas por el Distrito Sur, señalan a la pareja presidencial como cabecillas de una red de narcoterrorismo global. Trump fue tajante al señalar que el líder venezolano tuvo múltiples ofertas para una salida negociada, pero eligió «actuar como un loco», lo que precipitó esta intervención directa que cambia las reglas del juego en la región.
Más allá de la captura, el anuncio de la Casa Blanca trajo una noticia de alto impacto económico: Estados Unidos asumirá temporalmente la administración de Venezuela. Trump declaró sin rodeos que Washington «dirigirá el país» hasta que se pueda garantizar una transición segura y juiciosa. El plan incluye la entrada inmediata de las grandes petroleras estadounidenses para reconstruir la infraestructura energética, descrita como «podrida y peligrosa», con el objetivo de reactivar el flujo de crudo y utilizar esos ingresos para estabilizar la nación caribeña.
La justificación del ataque no se limitó a la política; tuvo un fuerte componente de seguridad doméstica. La administración Trump vinculó directamente al régimen de Caracas con la banda criminal «Tren de Aragua», responsable de una ola de violencia en ciudades estadounidenses. El mandatario citó casos específicos de brutalidad en suelo norteamericano, asegurando que la operación corta de raíz la fuente de estas amenazas y detiene el flujo de drogas que, según sus cifras, ha costado cientos de miles de vidas.
El Secretario de Guerra, Pete Hegseth, calificó la misión como una muestra de «agallas y gloria», advirtiendo a otros adversarios globales que el alcance de la justicia estadounidense no tiene límites. La operación se realizó aprovechando una ventana climática crítica, tras semanas de vigilancia satelital y de inteligencia humana que rastreó hasta los hábitos alimenticios y las mascotas del mandatario venezolano, asegurando que el factor sorpresa fuera absoluto en medio de la oscuridad provocada tácticamente en la capital.
En el ámbito diplomático, el mensaje fue claro para la región. Trump mencionó que la operación restablece la vigencia de una Doctrina Monroe «con esteroides», asegurando el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental. Se enfatizó que no se trata de una ocupación permanente con tropas en las calles, sino de una gestión focalizada en la seguridad y la reactivación económica, prometiendo que el país sudamericano volverá a ser «rico, independiente y seguro».
La reacción internacional se mantiene a la expectativa, mientras se confirma que la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, ya ha sostenido conversaciones con funcionarios estadounidenses, mostrando disposición para colaborar en la transición. Por su parte, el presidente Trump desestimó las preocupaciones sobre la reacción de potencias como Rusia, indicando que, aunque no está «encantado» con Putin, la prioridad es la seguridad nacional y el control de recursos energéticos vitales.
Con Maduro fuera del tablero y rumbo a una celda en Estados Unidos, Venezuela amanece en una nueva realidad política incierta pero controlada desde el norte. Lo que en los pasillos de Washington se celebra como una victoria histórica contra la tiranía, en las calles de Caracas se vive como el fin abrupto de una era y el comienzo de una intervención que promete reconstruir al país, cobrándose cada centavo de la inversión con el petróleo que yace en su subsuelo.















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