Higiene del sueño: por qué contar borregos no funciona y qué rituales prehispánicos podrían ayudarte a dormir mejor

Contar borregos es quizá el consejo para dormir más repetido del mundo, pero también uno de los menos efectivos. Aunque la idea suena tranquilizadora, en la práctica suele mantener al cerebro activo, concentrado en una tarea repetitiva que no siempre induce el descanso. La higiene del sueño —el conjunto de hábitos que preparan al cuerpo y la mente para dormir— va mucho más allá de trucos mentales y tiene raíces profundas tanto en la neurociencia moderna como en prácticas culturales antiguas, incluidas varias de origen prehispánico.

Desde el punto de vista fisiológico, el problema de contar borregos es que no desactiva del todo la atención consciente. El cerebro sigue “trabajando”, evaluando si va en el número correcto o si ya perdió la cuenta. Para conciliar el sueño, en cambio, se necesita reducir la actividad cognitiva y permitir que predomine el sistema nervioso parasimpático, responsable de la relajación. Por eso, las estrategias más efectivas no buscan distraer la mente a la fuerza, sino guiarla hacia un estado de calma.

Antes de la luz artificial y las pantallas, las culturas prehispánicas organizaban sus ritmos de descanso en estrecha relación con el entorno natural. El ciclo del sol, la temperatura y los sonidos nocturnos marcaban el momento de bajar la actividad. El anochecer no era solo el fin del día productivo, sino el inicio de un periodo ritual de transición hacia el descanso.

Uno de los elementos centrales de estos rituales era el uso consciente del fuego y la penumbra. Al caer la noche, la iluminación se reducía gradualmente, lo que favorecía la producción natural de melatonina, la hormona del sueño. Hoy, replicar este principio implica atenuar luces, evitar pantallas brillantes y permitir que el cuerpo “entienda” que el día terminó. No se trata de oscuridad total inmediata, sino de una transición suave.

El vínculo con los aromas también tenía un papel importante. Plantas como el copal, utilizadas en contextos ceremoniales, generaban un ambiente olfativo que marcaba un cambio de estado mental. Más allá del simbolismo, ciertos aromas resinosos y herbales pueden inducir una sensación de calma y señalizar al cerebro que es momento de bajar el ritmo. En la actualidad, este principio se refleja en el uso de inciensos naturales o aceites esenciales suaves como parte de un ritual nocturno constante.

El cuerpo, no solo la mente, era preparado para el descanso. Los baños nocturnos, ya fuera en temazcal o con agua tibia, ayudaban a relajar los músculos y a regular la temperatura corporal. La ciencia moderna respalda esta práctica: un ligero aumento de la temperatura seguido de un enfriamiento progresivo facilita la somnolencia. Una ducha tibia antes de dormir funciona por el mismo mecanismo ancestral.

El silencio y la escucha del entorno eran igualmente importantes. En ausencia de ruido urbano constante, los sonidos nocturnos naturales —el viento, los insectos, la lluvia— servían como fondo rítmico que no exigía atención activa. Hoy, el equivalente puede ser el uso de sonidos suaves y constantes que no estimulen el pensamiento, a diferencia del silencio absoluto que, para algunas personas, amplifica la ansiedad.

A diferencia de contar borregos, estos rituales no buscaban “forzar” el sueño, sino crear las condiciones para que ocurriera de manera natural. La repetición diaria de una secuencia predecible —bajar la luz, limpiar el cuerpo, reducir estímulos, entrar en quietud— enseñaba al organismo a reconocer el momento de dormir. La higiene del sueño funciona precisamente así: como un entrenamiento biológico basado en señales consistentes.

Recuperar elementos de estas prácticas prehispánicas no implica romantizar el pasado, sino reconocer que muchas culturas entendieron intuitivamente algo que hoy confirma la ciencia: dormir bien empieza mucho antes de cerrar los ojos. Más que contar borregos, quizá lo que necesitamos es reaprender a despedir el día con calma, ritual y respeto por los ritmos del cuerpo. En una era de pantallas encendidas hasta la madrugada, volver a estos principios puede ser una de las formas más efectivas —y culturales— de dormir mejor.

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