El síndrome de la “pantalla seca”: cómo el aire acondicionado y las horas en Zoom afectan tus ojos (y soluciones simples)

Picazón, ardor, sensación de arena, visión borrosa intermitente y cansancio ocular que aparece a media jornada. Para muchas personas, estos síntomas se han vuelto parte del trabajo diario frente a la computadora. Aunque suelen atribuirse al exceso de pantallas, en realidad el problema es más complejo: la combinación de videollamadas prolongadas, ambientes con aire acondicionado y hábitos visuales poco conscientes está dando lugar a lo que ya se conoce de forma informal como el “síndrome de la pantalla seca”.

El ojo humano está protegido por una película lagrimal que mantiene la superficie ocular húmeda, limpia y ópticamente estable. Esta capa se renueva constantemente gracias al parpadeo. El problema es que frente a pantallas, especialmente durante reuniones en Zoom u otras plataformas, la frecuencia de parpadeo puede reducirse hasta a la mitad. Al parpadear menos, la lágrima se evapora más rápido y el ojo queda expuesto a la sequedad.

El aire acondicionado agrava el problema. Estos sistemas reducen la humedad ambiental y generan corrientes de aire que aceleran la evaporación de la película lagrimal. En oficinas cerradas o en home office con clima encendido todo el día, los ojos pasan horas en un entorno hostil que favorece la resequedad, incluso en personas que nunca antes habían tenido molestias oculares.

Las videollamadas, además, exigen una atención visual distinta a la lectura o la escritura. Mirar fijamente la pantalla, mantener contacto visual constante y procesar múltiples estímulos —rostros, texto, notificaciones— aumenta la tensión ocular. A esto se suma que muchas personas colocan la pantalla ligeramente más alta de lo ideal, lo que obliga a abrir más los ojos y deja mayor superficie expuesta al aire seco.

Con el tiempo, esta combinación puede provocar inflamación leve pero persistente de la superficie ocular. Aunque no suele ser grave, sí afecta la calidad de vida: dificulta la concentración, provoca dolores de cabeza y genera una sensación constante de incomodidad. En algunos casos, la visión borrosa aparece al final del día, no por un problema refractivo, sino por la inestabilidad de la lágrima.

La buena noticia es que hay soluciones simples y accesibles que pueden marcar una gran diferencia. Una de las más efectivas es reaprender a parpadear. Hacer pausas conscientes durante el trabajo, cerrar los ojos unos segundos y parpadear de forma completa ayuda a redistribuir la lágrima. Colocar recordatorios visuales o usar la regla 20-20-20 —cada 20 minutos, mirar algo a 6 metros durante al menos 20 segundos— también reduce la fatiga ocular.

Ajustar el entorno es igual de importante. Siempre que sea posible, conviene evitar que el aire acondicionado apunte directamente al rostro y aumentar la humedad del ambiente, ya sea con un humidificador o colocando recipientes con agua cerca del área de trabajo. Pequeños cambios en la altura de la pantalla, de modo que quede ligeramente por debajo del nivel de los ojos, también ayudan a disminuir la exposición ocular.

La hidratación general del cuerpo juega un papel que a menudo se subestima. Beber suficiente agua a lo largo del día contribuye a una mejor producción lagrimal. En casos de sequedad persistente, el uso de lágrimas artificiales sin conservadores puede aliviar los síntomas, siempre como complemento y no como sustituto de mejores hábitos visuales.

El “síndrome de la pantalla seca” no es solo una molestia pasajera, sino una señal de que nuestros ojos están pagando el precio de una vida cada vez más digital y climatizada. Escuchar estas señales y hacer ajustes sencillos puede prevenir problemas mayores y devolverle al trabajo frente a la pantalla una experiencia más cómoda y sostenible. En un mundo lleno de Zooms y pantallas, cuidar los ojos es también una forma de autocuidado cotidiano.

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